El recuerdo, es como una flor silvestre: Puedes acariciarla, puedes olerla y puedes admirarla. Sin embargo, lo que es seguro, es que apenas la toques, sentirás alguna de sus espinas. Por ello, el olvido no existe en su totalidad. Solamente, la precaución para tocar aquella flor.Ha pasado tiempo, tal vez demasiado después de aquel hecho. Después de aquel tormento, que sin dudas me hizo alguien peor. Es la pena que se fue de mi vida, después de mucho tiempo, tanto después de que la piel hubiese sido el inventor de la traición.
Hoy en día, eres solamente aquella persona que reaparece como la luz en un sótano. Tan solo el viento que traspasa en un baño cualquiera, y el aroma de un cuarto totalmente vacío. Afortunadamente, eres lo que jamás pudiste llegar a ser, y tal vez, lo que siempre seguirás siendo.
Al día de hoy, no es más que un simple recuerdo insulso que me llega. Es rencor. Es aquel punto donde me doy cuenta que mi interior no lleva únicamente bondad. Es la maldad que hostiga el pensamiento, y que a su vez mata al corazón.
Realmente, han sido horas. O no, tal vez días. O un poco más: Meses. E incluso, años. Años, en los que me he encontrado conmigo mismo. Y con los que, lidiar con todo ha sido mi mayor delirio. Ese disgusto, que envenena el alma, y deja sin pudor a la más simple de las ideas.
Ese personaje eres tú. Aquella zona inquieta que raya lo absurdo, y lo inútil que puedes llegar a ser en un momento donde la necesidad es más que obvia. A fin de cuentas, mi furia siempre aparece, cuando de recordar la historia siempre se trata. Narrando y narrando, como si de verdad tuviera la capacidad de decirlo, con la misma valentía que se tuvo para realizar esa traición.
Le quiero decir, que al día de hoy, mucho ha cambiado. No digo que haya sido quien dio el inicio, pero si quien marcó el auge de lo peor que ha sucedido. Y la mancha de sangre que recubre cada célula que se mantiene con esa viva gana de venganza pura.
Eres y dejas de ser. Desapareces, pero vuelves cuando mi mente lo desea. El mismo acto suicida que pasa por mi mente, y el recuerdo de que soy recipiente de infidelidades dolorosas.
Le quiero decir, que hoy me siento igual que ayer. A ese ayer en el que más que una Independencia, marcó un fin de una pequeña parte de la esperanza. Que tal vez, con letras, reafirmo lo que siempre me hace mantener las entrañas dentro de cada verso, atascado en el papel.
Ingratitud, como deseé llamarle, es lo que es. Eres lo que es. Es lo que eres. Y no serás más. Pues, al día de hoy, solo hay sílabas que me llegan por el susurro del trino de un pájaro. Por el deseo impetuoso de un mensaje con palabras bellas. Pero jamás, el detalle de necesitar la voz, la alegría, o una sonrisa.
No eres más que el simple látigo del infame, que solo golpea, porque simplemente lo hace. Ya ni siquiera lo piensas, y aún así te sientes completamente viva, llena de prospectos y proyectos.
Y por allá, más al frente de tus ojos, sabrás que aquel hecho dejó perdido el valor de una buena frase, y un bonito momento. Uno de un par de treintas, para llegar a aquel día.
Y aunque, si no he llegado mis limites me mantengo, mi perdón y mi olvido siguen en el mismo punto: A punto, y en el punto de no dejar pasar su rostro. Un perplejo murmullo, sé que es lo único que logra pasar.
Más aún, es ese rencor, y mi sed vengativa, que me conlleva a golpear mis letras. Mis puntos. Mis comas, y mis signos. Porque solo ellas me pueden entender, y saber los pensamientos detrás de cada chasqueada de dedos.
Señora Ingratitud...Señorita. Al día de hoy, después de varios años, mantiene el mismo pensamiento y dura perspectiva. Quien robó amistad por un beso, y lujuria solo por deseo. Más solo sé, que aquella persona capaz de ser tu confidente y tu cómplice, resultó siendo un victimario más, que logró arribar hasta cada centímetro de tu piel, mientras yo rogaba desde mi propia silla volverte a ver.
¿Es eso justo? El punto de no olvidar mi martirio, y convertirme en un esclavo. Aunque siendo todo equilibrado, es la locura, la ceguera y el ánimo, lo que me mantiene intermitente a esto.
La primera letra del abecedario, que conlleva mi alma en perdición de llamas, y un a escopeta llena de flores marchitadas queriendo arribar por la copa de la champaña que pienso dejar de beber. Más, más y más, eres tú.
Pero, aunque hayan flores vivas en el jardín, seguirás siendo mi querida Ingratitud, y uno de mis esclavos terrenales, queriéndome convencer, de que vale la pena ser un infame sin escrúpulos.
Hoy en día, puede que pagues una condena, o solo disfrutes de tu vida. Sé que estas letras jamás llegarán a ti. Más solo sé, que si te vuelvo a ver, tan solo veré con desdén los ojos que sé que podía mirar fijamente. Pues afortunadamente, tu apodo de felpa no afectará nada en lo que piense.
Señorita, Señorita Ingratitud. Eso eres, y seguirás siendo. Un amor del pasado que ahora llevo desde lejos, con la promesa de no volverte a hablar. Y aunque cumplí ese pacto, siempre brillarán algunas pocas rosas del jardín de aquella arma.
Porque descansando entre verde, podrás escapar, y alejarte de mi. Pero afortunadamente, hoy se cumplen meses desde tu partida. Con el miedo de volver a escucharte, hablarte y verte. Pero sé, que no seré más esclavo, sino feudal. Dueño de mí y lo que puedo llegar a ser y hacer.
No eres más que la página, que he dejado doblada en el libro. Tal vez manchada de tinta, y marcada con su nombre. Esperando, algún día, poder saber que aquel error, aquella traición, que se llevó de mi vida aquel amigo mío, fue solo una cruel y dura mentira. Pero, al despertarme, siempre lo comprendo: Fuiste tú, quien me enseñó que la bondad no es para todos. Y que no todos, tendrán la capacidad de hacerte feliz. O simplemente, no sentir lo que sientes tú: Ingratitud.